19 de febrer de 2018

Lengua


A vegades necessitem que ens sentin, que ens escoltin i, sobretot, que s'esforcin per entendre'ns. No és fàcil aconseguir un objectiu tan aparentment senzill. Però això no ens ha de fer callar; sobretot quan tenim arguments de sobres per combatre els prejudicis d'uns, el desconeixement d'altres i la mala fe d'uns quants més. Avui ho diré en castellà perquè se m'entengui. Perquè en algun lloc estrany, malgré tout,  el dec haver après...

Crecí en un pueblo costero cerca de la frontera  francesa: Roses. El Empordà siempre ha sido tierra de paso. Y Roses ya entonces era una pequeña Babel que había empezado a vivir del turismo y que acogía pequeñas colonias de emigrantes andaluces, extremeños, gallegos, castellanos, algún murciano y alicantino y los primeros magrebíes.
Yo apenas había pisado la escuela cuando murió Franco. Tengo imágenes borrosas de la alegría contenida de mi padre. Estaba expectante ante el desenlace tardío de una dictadura que había casi aniquilado los logros de una escuela innovadora y abierta al mundo para dejar en su lugar las funestas enseñanzas de una escuela adoctrinadora y enajenadora sin ningún respeto por nuestra cultura. A mi padre, cómo a tantos otros de su generación, le robaron la lengua. Se diplomó en Magisterio. Y se esforzó en formar a futuros ciudadanos inquietos y reponsables. A pesar de las consignas del régimen y de los temarios del Ministerio. Mi padre tuvo que aprender a hurtadillas a escribir su propia lengua, el catalán. Porque, por lo visto, era altamente peligroso y poco conveniente que alguien osara desenvolverse usando tal jerga provinciana...

Cuando murió el dictador mi padre se dejó crecer bigote. Siempre decía que se lo afeitaría cuando España fuera una democracia. Tardó dédacas en hacerlo. Hace tiempo que está dándole vueltas a la idea de volver a llevarlo. Motivos no le faltan. Pero está ya un poco de vuelta de todo, aunque no atina a comprender cómo se puede cuestionar el modelo de immersión lingüística que tanto ha ayudado al respeto, la igualdad de oportunidades y la convivencia en nuestras escuelas. 

La escuela en la que yo crecí era una escuela pública, obrera, poblada mayoritariamente por hijos de inmigrantes andaluces, extremeños y castellanos que habían dejado sus tierras en busca de una oportunidad. Y yo, que en casa siempre había hablado en catalán,  aprendí a hablar en castellano en el patio de la escuela. O viendo dibujos animados o películas mal dobladas en la sesión de tarde de nuestra TV en blanco y negro -aquellas en la que Tarzán y los indios siempre hablaban usando infinitivos (y con acento americano)-. También crecí escuchando la radio que mi madre tenía siempre como banda sonora de sus labores de costurera. En castellano, por supuesto: Elena Francis, Luis del Olmo... 
En mi familia sólo hablaba habitualmente algo parecido al castellano una tía mía que nunca ha dejado de hablar un chapurreado muy particular. Nació en Sevilla y se medio crió, ya un poco crecida, con monjas adoratrices en Girona. El resultado es un "catañol" muy expresivo, un dos en uno que usa en cualquier situación.
Pero aprendí, obviamente, a hablar castellano. Como lo han aprendido mis hijos: naturalmente. El caso es que mi escuela fue un poco pionera en eso de la inmersión. Al poco de empezar a funcionar, allá por el año 1978,  un claustro de profesores valientes, que habían tenido que aprender su propia lengua medio de estrangis, tuvo la osadía de proponer introducir el catalán en nuestra enseñanza. De un modo natural, sin estridencias ni reivindicación alguna. Y los padres y madres, obreros, pescadores, costureras, guardia civiles y de otros oficios varios, lejos de ver tal propuesta como una osadía imperdonable, vieron en ella una oportunidad para sus hijos. Y firmaron en masa dando apoyo a tan atrevida propuesta. Los chavales, ajenos a la trascendencia de tal acto, continuamos jugando en castellano o en catalán, indistintamente. Y aprendimos con los versos de Machado y los poemas de Salvador Espriu. Sin ningún trauma. Y mi padre fue uno de esos maestros.

Hoy en día me siento orgullosa de ello. Y me acuerdo de Pili, granadina que aprendió a hablar catalán porque le salió de dentro, o del padre de M. José, de Beas de Segura, que nunca habló catalán pero era el más culé. O de Martín y María, que volvieron a su Zamora y con ellos se llevaron a dos hijos adolescentes que siempre más han conservado el tesoro de una lengua que les acompañó en los años de escuela. Y me río cuando recuerdo que en clase a veces Carlos y Jesús, o tal vez María y Sonia, discutían si se debía llamar cochino, tocino, marrano, puerco, cerdo o gorrino a un cerdo. ¡Con lo fácil que es llamarlo "porc"!
Creo, sinceramente, que en mi escuela no éramos tan raros; ni lo somos ahora. ¿Por qué esta terquedad en querer ver una amenaza allí donde sólo hay una oportunidad?  La rareza es ser monolingüe en un mundo plurilingüe y no comprender que aprender una lengua nunca va en detrimento de otra. 

Raimon, "Jo vinc d'un silenci"

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